Una mañana salí de mi café en el Pasaje Rubio, en el corazón del Centro Histórico, con una duda que no me dejaba tranquilo: ¿existe realmente la Calle de la Amargura?
Siempre había escuchado la referencia en Antigua Guatemala, donde durante la Cuaresma se recuerda el camino de Jesús hacia el Calvario. Esa calle no es solo un punto en el mapa; es un símbolo que cobra fuerza en Semana Santa, cuando la ciudad entera se transforma entre alfombras, incienso y memoria.
Pero yo quería comprobar algo más. ¿Sería solo un recuerdo histórico o también una dirección concreta en la capital? Así que, después de conversar con un amigo entre tazas de café, decidí caminar por el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala. Crucé avenidas, observé fachadas antiguas y, casi sin esperarlo, llegué a la esquina de la 5ª calle y 5ª avenida.
Allí estaba: una placa que decía “Calle de la Amargura”.

Sonreí. Entendí que no todo símbolo vive únicamente en los libros o en la tradición religiosa. A veces está ahí, discreto, esperando que alguien lo mire con curiosidad.
Regresé a mi café pensando que todas las ciudades —y todas las personas— tenemos nuestra propia Calle de la Amargura. La diferencia no está en evitarla, sino en decidir cómo la recorremos. Y yo prefiero hacerlo con una buena taza de café y la convicción de que cada esquina guarda una historia por contar.
Ahora tengo algo que compartir con amigos y clientes.
