
El misterio de José Milla y Vidaurre, el creador del personaje: Juan Chapín
Había en la Guatemala del siglo XIX un hombre de mirada aguda y pluma inquieta. Su nombre era José Milla y Vidaurre, aunque pocos sabían que, en la soledad de su escritorio, firmaba con otro: Salomé Jil, un seudónimo que usaba como escudo frente a las pasiones políticas de su tiempo. Lo que parecía una simple costumbre literaria escondía, en realidad, una historia digna de un relato detectivesco.
Era una época turbulenta. El país oscilaba entre liberales y conservadores; las ideas, como las espadas, cortaban amistades y carreras. Milla, educado, diplomático y con talento para el humor sutil, se movía entre ambos bandos con la prudencia de un espía. Escribía crónicas, cuentos y artículos costumbristas que retrataban la vida de la Guatemala antigua, aquella de calles empedradas, pregoneros y tertulias al anochecer. Pero detrás de esas líneas, había mensajes ocultos: críticas veladas, ironías finas y retratos tan precisos que más de un político se sintió aludido.
Un día, mientras el eco de los fusiles todavía se oía en el aire, Milla dio vida a un personaje que se haría inmortal: Juan Chapín. Nadie sospechó entonces que aquel hombre ficticio —tan guatemalteco, tan pícaro y tan noble a la vez— era su forma de hablarle al país sin exponerse. Juan Chapín era el espejo donde Milla reflejaba al pueblo: ingenioso, trabajador, astuto para sobrevivir en medio del caos político.
Algunos contemporáneos, intrigados por la precisión con la que Milla describía los rincones de la ciudad y las costumbres del pueblo, comenzaron a preguntarse:
—¿De dónde saca tanta información este hombre? ¿Acaso espía a sus vecinos?
Y así nació el rumor: que José Milla tenía una doble vida. Diplomático de día, cronista secreto de noche. En los cafés de la capital se decía que se disfrazaba para mezclarse entre los cargadores del mercado o los asistentes a los bailes de salón, tomando nota mental de cada gesto, de cada palabra.
Años después, cuando la calma regresó y su nombre volvió a aparecer en las publicaciones oficiales, Milla ya había dejado su huella indeleble. Su obra no solo rescató la memoria de un país que comenzaba a olvidar sus raíces, sino que también le dio voz a un personaje entrañable que aún vive en el corazón del pueblo: Juan Chapín, símbolo del ingenio y la identidad guatemalteca.
Hoy, al leer sus páginas, uno no puede evitar imaginarlo en su escritorio, con una vela encendida y un cuaderno gastado, sonriendo mientras escribe bajo su seudónimo, consciente de que su mejor obra no solo estaba en los libros, sino en haber logrado esconderse a plena vista.
José Milla y Vidaurre, el detective literario de nuestra historia, logró descifrar el alma chapina antes que nadie. Y en su juego de disfraces, entre el diplomático y el narrador, nos dejó la clave más valiosa: la verdadera Guatemala se descubre observando con el corazón, no con los ojos.
Versión novelesca por www.juanchapin.com
José Milla describe a Juan Chapín:
«…mozo como de treinta y dos años, carirredondo, barbilampiño, patiestevado, de mediana estatura, pelo negro (…), labios un tanto abultados, que dejan ver, al abrirse, dos hileras de blancos, fuertes y parejos dientes; sonrisa entre triste y burlona; ojos negros en los cuales hay un sí es no es de malicioso y escéptico que contrasta con el tono general de su fisonomía, tranquila y bonachona.»
José Milla(1822-1882) «Un viaje al otro mundo pasando por otras partes».